lunes, 25 de abril de 2016

VITA NOSTRA

      

        Nadie recuerda el nombre del ganador del Óscar a la mejor BSO de 1986, pero todos sabemos quién fue el gran perdedor (triunfador). Se cumplen 30 años del film La misión y sigue siendo un placer escuchar al maestro Morricone. Descubrir esta obra supuso para mí una Epifanía que se repite cuantas veces la escucho.

miércoles, 20 de abril de 2016

UN PORQUÉ PARA VIVIR II


 

A todos mis amigos de Brasil,

para que sus sueños no queden en un simple relato.

 

         Todo huérfano sueña con encontrar sus orígenes, pero tener la oportunidad real de hablar en persona con su propio padre, hacía que Ann se sintiera protagonista de una de esas noveluchas de Vicente Osorio en las que los personajes deben romper con una realidad alienante y anodina para alcanzar un objetivo superior que les rescate de sí mismos.

         Esperó con impaciencia el fin de curso. Aquellos meses se le hicieron eternos, pero le sirvieron de margen para preparar su aventura tropical. Dispuso cuidadosamente su maleta para el “invierno” austral y solicitó su pasaporte nada más llegar a Berlín. Se informó ávidamente sobre la cultura brasileña y más concretamente sobre Minas Gerais, el estado donde se situaba aquella pequeña y exótica población brasileña, Itabirito. Se encontraba nada menos que en el corazón minero del oro portugués. ¿Qué podría haber llevado a su padre hasta aquel recóndito lugar? Esa cuestión le tamborileaba de tal manera en la mente que no le preocupaba si sería bienvenida, ni tampoco cómo iba a presentarse; confiaba en que las circunstancias le brindasen las palabras. De todas formas, si su búsqueda resultaba infructuosa, de poco serviría darle vueltas a tales cavilaciones.

         Catorce horas de vuelo trasatlántico la dejaron entumecida. No había dormido en toda la noche, en parte por la excitación del viaje, en parte por el escaso e incómodo espacio de su asiento que la condenaba a mantener la misma postura durante el trayecto. Una vez en el aeropuerto de São Paulo, mientras saboreaba un café, calculaba cómo llegar a su próximo destino, Belo Horizonte, capital de Minas Gerais. Tenía todo un día para pasear por la ciudad paulista, hasta que saliera su próximo vuelo… De súbito le embargó una alegría desconocida: nunca había salido de Europa,  nadie allí hablaba su idioma, era una completa desconocida en un país lejano y exótico, que iba en busca de un padre “difunto”... Se sonrió ante la idea de semejante periplo. La sensación de libertad que la embargaba y la indómita curiosidad que la arrastraba hacia lo desconocido. la hacían sentirse como un nuevo explorador. Ella no lo sabía, pero era una auténtica bandeirante*.

         El aeropuerto de São Paulo tenía un aire vetusto que contrastaba con las innovadoras arquitecturas que más tarde admiraría en la Avenida Paulista, el centro político y financiero de la ciudad. Mientras caminaba por las soleadas calles de la ciudad, observaba el mosaico de razas que transitaba a su lado, charlando en esa lengua romance, melosa, ininteligible y musical. La comunicación con los brasileños no fue un problema. Descubrió, para su sorpresa, que ser europea y blanca, en un país aún tan clasista y racial como aquel, era una ventaja, a pesar de no hablar portugués. Los brasileños sentían una alta estima  por los turistas del Viejo Continente, de hecho en sus apellidos se podía rastrear los orígenes portugueses, italianos, españoles, alemanes, holandeses, africanos, japoneses o chinos que poblaron el país en diferentes oleadas. Se hacían entender sin dificultad a través de los gestos y sus perennes sonrisas. Y estaban acostumbrados a dar la bienvenida a todo tipo de viajeros. El calor y la hospitalidad de aquel país conmovió a Ann. La vitalidad, el ritmo, la alegría que demostraban le resultaban hipnóticos y no podía evitar dejarse arrastrar por ese torrente humano. Todo le daba la bienvenida.

         Unas pocas horas deambulando por las principales calles de  São Paulo, le hicieron comprender cuán lejos estaba de su país. Se mantenía expectante con la inocencia de una niña ante todo cuanto ocurría a su alrededor, desde una exhibición de capoeira en plena calle, hasta la extravagancia neogótica de la Catedral da Sé en pleno corazón paulista rodeada de palmeras. Obviamente sólo había visto la cara amable de la capital. Los turistas no se aventuran en las favelas y a penas pueden tomar conciencia de las tremendas desigualdades que sufre el país en el escaso tiempo que se permiten visitarlo. Sin embargo, Brasil es una fuerza de la naturaleza a punto de desatarse debido a las innúmeras dificultades que subyacen bajo su apariencia tranquila, lánguida y risueña.

         Una manifestación gigantesca a ritmo de batucada (They don't care about us, elegida muy a propósito) en pleno día, en el centro de São Paulo contra la proclamación de Río como sede olímpica, en la que participaban persona de toda clase y condición fue como un aldabonazo para Ann:  aquel evento suponía para los brasileños pan para hoy y hambre para mañana, una subida de impuestos exorbitante, pérdidas económicas a largo plazo para el país y la temible represión de la policía militar en la principales ciudades brasileñas. Fue una de las peores decisiones gubernamentales en mucho tiempo. Para una europea acostumbrada a identificar frívolamente aquella parte del mundo con la samba y la bossa nova, la pobreza y la desidia, quedó claro que Brasil no era un país indolente como pensaba, sino de marcados contrastes: los lujosos centros comerciales de la ciudad eran un mero escaparate ante la escalofriante multitud furibunda que desfilaba ante sus ojos, al ritmo de una especie de “tamborrada de guerra” mucho más sentida y vigorosa que las protestas en Europa, pero igualmente ignoradas... Los paulistas sacaron a pasear su orgullo y resistencia. Era una lástima que hasta Europa no llegase suficiente información sobre aquel alzamiento de dimensiones nacionales. Aquella gente bailaba, cantaba, amaba, dormía, luchaba y sufría en la calle, bajo un clima benigno y un poder réprobo. Ann se quedó petrificada ante los manifestantes, no podía parpadear. ¡Era un espectáculo memorable! Observaba el “desfile” ajena a las órdenes de la policía que obligaba a los transeúntes a abandonar la avenida cuanto antes.

         Cuando Ann embarcó para Belo Horizonte, había aprendido dos palabras: obrigada y abusador. No sabía lo que significaban, pero las oía constantemente.

         Por desgracia no pudo permitirse el lujo de visitar Belo Horizonte. Al llegar a la metrópolis, tuvo que buscar un autobús rápido que la llevase a Itabirito o la noche se le echaría encima. Ella no hablaba portugués y no entendía el portunglish que se gastaban en la zona. Afortunadamente los mineros no esperaban ser preguntados, se prestaban curiosos y solicitos a orientar a Ann. No tardó en encontrar un medio de transporte.

         El viaje en bus hasta Itabirito llevaba unas cuatro horas (no existía la infraestructura ferroviaria, era demasiado costoso construir líneas de ferrocarril perpetuamente devoradas por la selva), pero a pesar del cansancio, se alegró de hacerlo de esta manera, pues pudo disfrutar del majestuoso paisaje del país en toda su belleza crepuscular. Toda la variedad tropical de la selva virgen desfilaba ante sus ojos, alternándose con hermosos claros donde elevados saltos de agua se despeñaban estruendosamente entre una vegetación tan fecunda que parecía no saciar su salvaje voracidad. Era un verdadero espectáculo natural, tan distinto a los bosques de Centroeuropa, no menos hermosos, pero a la medida del hombre. En América todo era gigantesco, en proporción a los dioses.

         Cuando por fin llegó a su destino, no tardó en encontrar una modesta pensão donde pasar la noche. No puso reparos a la desvencijada habitación que  reservó. Estaba agotada, habían sido tres jornadas casi ininterrumpidas de viaje. Se dejó caer en la cama sin más y quedó dormida inmediatamente. Había llegado por fin a su destino. Por fin sentía que su vida comenzaba a dirigirse hacia algún sitio.

         Durmió hasta medio día y la despertó una extraña música popular que provenía de una habitación contigua que los brasileños llaman pagode.

Eu sou a mosca que perturba o seu sonhos,
eu sou a mosca, no se quarto azumbizar…”

         Una vez en pie buscó una cafetería donde tomar el desayuno. Se sentía desorientada, pero encontró una fonda no lejos de su pensión. Mientras esperaba en la barra su café, observó con agrado a un joven alto y rubio de ojos muy claros y aire circunspecto. Se alegró de no ser la única turista en el lugar.

         Una vez que el camarero le sirvió una gran taza de café, Ann aprovechó para enseñarle la fotografía de su padre y preguntar por él: “¿Johann Neitzel?” El camarero tomó la foto con cuidado y sonrió ampliamente. Dirigiéndose al joven rubio, le dijo:

         -Ei, Jonathan, a senhora pergunta pelo xamã.

         Le enseñó divertido la fotografía. Ambos se echaron a reír. El camarero cogió el diccionario que Ann tenía y le señaló una palabra, “chamán”.

         -¿Alemana?- preguntó el muchacho a Ann en su mismo idioma.

         -Sí... pero ¿cómo...?- Ann se quedó aturdida ante tan insólita pregunta.

         -No es preciso- dijo el chico en perfecto alemán -Johann Neitzel es mi padre.   

         ¡La sorpresa de Ann fue monumental! Se quedó petrificada por unos minutos con la boca entreabierta y observando al muchacho. Inmediatamente reconoció su sonrisa y su misma nariz. ¡Lo que por nada del mundo hubiera imaginado es que su padre pudiera haber formado una familia aparte! ¿Pero cómo? ¿Desde cuándo las leyes brasileñas aceptaban la bigamia?

         -¿Por qué desea verlo?

         Ann sintió un escalofrío, no sabía cómo explicarle que eran hermanos. No antes de ver a su padre y conocer lo ocurrido. Ni mucho menos si era conveniente confesarlo… Pero ahora más que nunca, no podía echarse atrás.

         -Soy... una amiga... de su familia- musitó Ann. Mala excusa, por desgracia no había tenido tiempo de informarse sobre el “chamán”. ¡Todo fue demasiado repentino!

         Jonathan sonrió enigmático. Sabía que la familia de Europa los repudiaba y nunca pisarían aquellas latitudes, pero le resultaba interesante aquella visita. Su padre no les ocultó en ningún momento a sus parientes europeos y les dio todo lujo de detalles sobre su primera esposa y sus hijas. Jonathan sabía perfectamente quién era aquella mujer y entendió perfectamente su sorpresa, pero prefirió hacerse el ingenuo.

         -Hay un largo paseo hasta casa. Está fuera del poblado. La puedo acompañar si lo desea.

         -Se lo agradezco.

         Mientras caminaban en incómodo silencio hacia la gran finca de la familia, Ann observó a su hermanastro detenidamente. Era indudable su raíz europea. Callado y discreto, a penas cruzó unas palabras con ella durante el camino. Pero la franqueza y firmeza con la que se movía y hablaba le resultaban tan familiares... Por vez primera, Ann comenzó a sentir cierta desazón. Que durante años su padre hubiera mantenido correspondencia con su madre, significaba que no las rechazaba, pero ¿acaso desearía verla? Empezó a dudar si aquel periplo había merecido la pena. En cualquier caso había demasiadas cuentas pendientes, secretos familiares ignorados, cuestiones no resueltas... Ann sentía miedo y excitación a la vez. Tantos años preguntándose por aquel hombre que, sin duda había marcado toda su vida… con su ausencia...

        Llegados a una especie de rústico taller, al lado de una enorme torre de alta tensión, Jonathan gritó:

         -Ô, pai! temos visita

         Ann sintió que el corazón se le aceleraba, mientras contenía la respiración. Cerró por un momento los ojos y respiró profundamente como quien se va a lanzar a la piscina ¿Qué hacer? Ya era tarde para salir corriendo, lo más lógico era dejar fluir los acontecimientos. Casi se desmaya de la emoción, al fin y al cabo no todos los días se resucita un muerto.

         Un hombre de cierta edad, alto, corpulento, curtido por el sol y con el torso al aire se dirigió hacia ambos. Al principio despacio, recreándose en la visitante, sin reconocerla. Después ágil se acercó desbordado por la alegría.

         -Ann! Minha filha, minha filha querida!- Johann la contemplaba  atónito, tratando de articular palabra. No sabía si abrazarla o esperar que ella respondiese. Finalmente se derrumbó de rodillas rodeándola por el talle, sin poder evitar ambos compartir el llanto de treinta años de separación. Un llanto largo, profundo y sentido.

         Jonathan, conmovido igualmente y sobrexcitado, corrió a avisar al resto de miembros de la familia, que no dudaron en aparecer corriendo para dar la bienvenida a la “hermana europea”. Daniela, Aline y Priscila, sus tres hermanas menores se acercaron con cautela a ambos, contemplando la escena, incómodas y sin saber qué decir. Algo tímidas al principio, no sabían cómo dirigirse a ella. Daniela fue la primera que rompió el silencio, secó las lágrimas de Ann dulcemente y le dio un abrazo. Una a una la besaron entre bendiciones y tiernas palabras de bienvenida. Ann poco acostumbrada a tales muestras de cariño, se sentía invadida por aquellos hermanos que al fin y al cabo le resultaban tan ajenos. Su carácter protestante más austero y reservado hacía que se comportara de forma un tanto rígida, sin saber cómo corresponder a sus saludos. Por unos instantes se sintió agobiada e incómoda, pero entendió que eran los usos. Pronto Johann tomó a su hija y la condujo a la casa.

         -Los brasileños son cálidos y confiados en el trato, después de unos días te acostumbrarás. De todas formas, nosotros no somos la típica familia del lugar. Mi segunda “esposa” es española y los mediterráneos también son cercanos, pero más sobrios. Procuraré que no sientas que invadimos tu espacio.

         Esperanza, y su yerno Silvio, observaban la estampa en la distancia, emocionados pero discretos. No querían estorbar un reencuentro tan deseado. Ya en la casa, más tranquilos, alegres y algo cohibidos, delante de una taza de café, se miraban unos a otros sin saber que decir. Johann rompió el silencio.

         -Tu madre me telefoneó después de tantos años. Ni siquiera me escribía. Ella me dijo que vendrías. Te estábamos esperando.

         -Entonces Jonathan... ¿¡sabía perfectamente que yo...!?- por fin Ann entendió las risas entre él y el camarero.

         Las carcajadas que la situación despertó rompieron la tensión del momento. Ann no podía hablar, ella que en el último minuto temió tanto el rechazo de su padre, se debatía entre fuertes sentimientos encontrados. A pesar de todo, lo peor había pasado. Había sido acogida, era una hija más naturalmente.

         Mientras charlaban en un meloso alemán, al principio contenidos y después con mayor confianza, y la abrumaban a preguntas sobre Europa, Ann observaba a sus hermanas, ninguna recordaba a las típicas brasileñas, de piel dorada y rasgos mestizos, no en vano Esperanza era española y su carácter matriarcal era notorio en la familia. Aunque era la única que no hablaba alemán, se esforzó por ofrecer una cómoda y apacible estancia a Ann con esa generosidad que caracteriza a los hispanos.

         Ann permaneció con ellos todo un mes y tuvo la oportunidad de conocer los alrededores del pueblo e intimar con sus hermanos. Los cuatro eran el resultado de dos tradiciones en perfecta armonía, la católica y la luterana. Y, aunque Johann y Esperanza no estaban casados, como es lógico, formaron una familia perfectamente sólida.

         Daniela, la mayor de las hermanas, trabajaba como asistente social en Itabirito. Estaba casada con Silvio, periodista gráfico y un intelectual de talla, que había trabajado para las principales agencias de noticias de todo el mundo desde la Globo brasileña a la BBC. Acababa de ser contratado por National Geographic para hacer un reportaje sobre la deforestación de la Amazonia. Eran los más comedidos, y, a pesar de su carácter cálido, Ann reconocía en ellos unas maneras muy formales y sofisticadas, se sentía cómoda hablando con ambos. Pero siempre advertía en Daniela un punto de melancolía...

         Aline, más tímida e insegura, pero dulce y muy comprensiva, estaba cursando el doctorado de Filología alemana en la Universidad de Belo Horizonte y pudo comentar con Ann las diferencias y similitudes de ambos sistemas. Convinieron en que la endogamia era un mal universal en cualquier universidad, y Ann por fin tomó conciencia de lo afortunada que era. En Brasil, habían cerrado durante largos meses las universidades públicas porque los profesores a penas tenían un salario digno, ni recursos suficientes para impartir sus clases. Los estudiantes estaban en pie de guerra: habían pagado fuertes tasas para verse sin docencia y apoyaban a los docentes en sus reivindicaciones. Escuchando a Aline, Ann pensó haber retrocedido a los '60. También entonces Europa sufrió las mismas convulsiones en las Universidades.

         Priscila, por su parte, era la más vital, alegre y emotiva de las tres hermanas. Pizpireta e ingeniosa, podía bailar toda la noche a ritmo de samba sin descansar y asistir a clase sin dormir y sin perder detalle de la lección, su energía no tenía límites. Exultaba la alegría de la abuela Lieselotte, sin sus episodios depresivos. Estudiaba Medicina también en Belo Horizonte. Enseñó a Ann los principales pasos del baile y la arrastró con ella a una enorme fiesta en la playa alrededor de una hoguera, en la que participaban varias familias, y no menos agregados. Ann se sentía tan perdida en medio de aquella algarabía que no sabía muy bien cómo comportarse, pero estaba exultante.

Sentada en la arena, observando discretamente a cada cual, mientras sambaban entusiasmados, experimentó por fin un sentimiento de pertenencia y reconocimiento, y creyó comprender por qué su padre decidió no abandonar aquel “paraíso abençoado por Deus”. Ella, por su parte, había encontrado sin proponérselo la anhelada familia con la que poco a poco fue identificandose.

         Sin darse a penas cuenta, había comenzado nuevamente a disfrutar de la música y se preguntó en qué momento su vida se había convertido en un “error”. Y era ahora cuando aparecían las preguntas más difíciles de afrontar. Había llegado el momento de las respuestas.

        

 

Notas

 

            *Bandeirante. Literamente, portaestandarte. Nombre dado en la época colonial a los integrantes de las partidas de exploradores que se internaban en la selva en busca de oro y piedras preciosas.

lunes, 21 de marzo de 2016

UN PORQUÉ PARA VIVIR


"Aquel que tiene un porqué para vivir, puede enfrentar todos los cómos". El problema aparece cuando se cuestiona ese objetivo y se experimenta la desasosegante sensación de vacío al no encontrar nuevos desafíos a los que asirse, pues todos parecen igualmente prescindibles.

A sus treinta y cuatro años, trabajaba en el departamento de Filosofía contemporánea como profesora adjunta, después de una defensa "cum laude" de su tesis sobre la influencia de Heráclito en el pensamiento de Oswald Spengler. Impartía Filosofía de la Historia y Estética en la Universidad Humboldt de Berlín, y aspiraba a la titularidad en su puesto que llegaría, como siempre, "a su debido tiempo". A pesar de todo, su carrera académica había sido prometedora y todos contaban con que hiciese nuevos méritos que redundasen en beneficio de la propia Universidad. Estaba donde siempre deseó estar... y, sin embargo... la el ambiente académico resultó decepcionante: la labor de docente requería horas de preparación de clases -máxime cuando se trabajaba a través de debates, como hacía ella-, y la investigación acabó por reducirse a publicar el mayor número de artículos posibles para engrosar el curriculum, siempre con el beneplácito naturalmente de los saurios-catedráticos que tiranizaban los departamentos y pretendían dirigir también las líneas de investigación. Afortunadamente Ann nunca fue víctima de ningún plagio, pero vio cómo varios compañeros desistían de una brillante carrera académica, tras ser víctimas de este mal endémico.

Había nacido en el corazón de la Alemania protestante, en una pequeña localidad entre Sajonia y Brandemburgo, cerca de Wittemberg. De familia modesta, su madre Katharina era una sencilla maestra de escuela que había sacado adelante a dos hijas de corta edad sin más ayuda que la de los abuelos maternos. Su padre murió en un accidente aéreo cuando Ann contaba sólo cuatro años de edad. Su hermana Karen se suicidó poco antes de cumplir los dieciocho, al igual que la abuela Lieselotte... Poco sabía de sus parientes colaterales, su madre era hija única y los familiares paternos resultaban tan huraños y desconocidos que no le inspiraban confianza alguna, sabía a ciencia cierta que no podría contar con su ayuda en caso de necesitarla. Por eso se prodigaban una educada y distante indiferencia.

El padre de Ann era una figura mítica en la familia, pero existía un silencio tácito no acordado en torno a él. No es extraño, entonces, que desde niña y después de treinta años continuase preguntando sobre su fuga de Berlín oriental y sus viajes alrededor del mundo. Su pequeña biblioteca en la que se encontraban libros sobre esoterismo mezclados con tratados de física, psicología y politología (especialmente anarquista), despertaban aún más la curiosidad sobre aquel singular ingeniero, al que tanto se parecía Ann, a juicio de todos. Pero ante sus preguntas, sólo obtenía evasivas que ella atribuía a un duelo no resuelto en la familia.

Ann se trasladó a la capital con dieciocho años para estudiar Filosofía. Lo tuvo claro desde siempre, con esa ingenua certeza de los años púberes. A medida que pasaba el tiempo, sin embargo, las dudas se hacían cada vez más presentes y la ingenua y sólida imagen de sí misma sobre la tarima de un hemiciclo conferenciando, no se le antojaba ya tan estimulante. El trabajo le absorbía de tal forma que nunca encontraba tiempo para sus lecturas, salir a correr no era suficiente para descargar tensión y había dejado de escuchar música, y ya se sabe que “la vida sin música...” No encontraba placer en nada y de no ser por sus múltiples responsabilidades laborales, pasaría el día tirada en la cama. Lo peor es que había comenzado a cuestionar si toda aquella especulación abstracta, en definitiva, servía para algo. Ella misma conocía los límites de sus tesis e invertía más tiempo rebatiéndolas que afianzándolas. No era su labor la de una filóloga, pero así se sentía interpretando los textos de otros filósofos, mientras sus ideas eran relegadas a un segundo... tercer plano. Se sentía alienada. Necesitaba frivolizar. Sin embargo, en su vida no había lugar para las amistades, más allá del reducido círculo de profesores de la Universidad, hacía años que no pisaba el cine y mucho menos el teatro, y era esquiva con cualquier proposición masculina que implicase permanecer a solas más de media hora sin otra causa justificada que el mero hecho de estar juntos. Todo restaría tiempo a esas investigaciones que, por otra parte, no parecían progresar. Eso era lo que más la consumía: sentir que la vida, pletórica y desbordante, la estaba esperando, mientras ella se obstinaba en tomar otro camino. Se había enclaustrado en la fortaleza Humboldt y, en su fuero interno, reconocía que deseaba huir de allí, pero no sabía cómo ni hacia dónde dirigirse. Al conquistarlo, había perdido su objetivo.

Aprovechando unas vacaciones de Pascua, decidió visitar a su madre en su pequeña villa y poder alejarse así de la vida académica que la constreñía, aunque la relación entre ambas nunca fue satisfactoria. El carácter reprimido y represor de Katherina chocaba contra el ímpetu y la curiosidad de su hija. Sus conversaciones siempre fueron difíciles; sin embargo, en los últimos años se habían vuelto anodinas. Ann, que acostumbraba a encerrarse en su habitación para meditar y dar largos paseos en solitario, aprendió a utilizar el silencio para evadirse y evitar las discusiones. Pero en esta ocasión observó la gran necesidad de compañía que su madre ya jubilada precisaba. Por desgracia no era ella quien podía sacarla de su aislamiento, porque éste no era físico, sino mental.

Como siempre Ann examinó el despacho de su padre. Acostumbraba a pasar en él largas horas mirando antiguas fotos, hojeando libros o simplemente revisando sus cosas. Todo estaba en orden, salvo por un pequeño detalle... En la chimenea quedaban restos de un escrito, eran papeles recientes. Ann no pudo entender de qué trataba el texto quemado, pero quedó atónita ante el pie de página, perfectamente legible: "Itabirito, once de marzo del año en curso. Johann S. W. Neitzel". Era la firma de su padre. La carta se había recibido apenas unas semanas antes de su llegada a la villa.

De improviso, su madre asomó por la puerta del despacho. Ann, arrodillada como estaba ante la chimenea, y con el pedazo de papel en la mano estaba sobrecogida, el corazón le latía con fuerza, miró a su madre y sólo pudo preguntar:

-¿Dónde está Itabirito?

Katherina sufrió un leve mareo. No podía articular palabra. Treinta años eran demasiado ocultando aquella colosal mentira. Se arrodilló al lado de su hija y, en un hilo de voz, le contestó:

-Sería mejor que lo olvidaras- contuvo un suspiro y rompió a llorar silenciosamente.


La joven se retiró sin decir nada. Aquella misma noche rastreó la web buscando aquel extraño topónimo... ¡Brasil! ¿Su padre vivía en Brasil o era uno de destinos temporales? A la mañana siguiente, Ann no quiso interrogar a su madre, sabía que las respuestas que necesitaba las encontraría en el hemisferio austral. Sin mediar palabra, decidió hacer la maleta y volver de inmediato a Berlín. Había demasiadas cosas que preparar, aunque sólo tuviera un nombre, Itabirito, un apellido, Neitzel y una la foto deslustrada de un barbudo treintañero que ahora frisaría en los sesenta. Definitivamente ya no le importaba el cómo, los "por qués" habían comenzado a multiplicarse.

martes, 9 de febrero de 2016

UN CAPRICHO

     -Ese muchacho no es para ti. Sí... cierto que es inteligente, interesante, pero cualquier muñequita con falsa modestia haría lo que quisiera de él. No sabría apreciarte: eres guapa, pero él busca una belleza diferente. Alguien a quien poder exhibir y que no tenga pudor en saberse exhibida. Yo sé que te gusta conversar con él, que tenéis afinidades... Las demás, en cambio, no ven más allá de su dinero y su posición, pero están dispuestas a fingir complacencia a cambio de regalos caros, por supuesto, y una vida cómoda... Una chica culta, sofisticada, inteligente como tú, no debe caer en el error de dejarse llevar por un capricho pasajero- le advirtió el redactor jefe.

     -¿Por qué entonces un señor tan juicioso como tú se entretiene entrometiéndose en el capricho de una "no tan hermosa, pero sofisticada, culta e inteligente joven", a sabiendas que tiene los ojos puestos en otro hombre?- sin darle opción a responder, su adjunta le miró fijamente a los ojos -Si verdaderamente yo confesase que me conformo con suspirar por este muchacho, porque realmente no deseo estorbar la vida apacible de otro hombre más brillante, con mayor talla y carácter, del que me separan veinte años, que está casado y con hijos, y al que mi confesión podría hacer infeliz o serle totalmente indiferente, pero que en ambos casos no me colmaría, ¿qué me dirías?
 
     Atónito por lo inesperado de la declaración, su jefe respondió en un murmullo:

    -Que este hombre de carácter es afortunado, a pesar de todo, ese joven será infeliz inevitablemente y tú deberías pensar más en ti misma- no pudo mirarla a la cara, pero lo dijo con resolución mientras sonreía para sus adentros cuando la joven abandonó el despacho.

   "Margarita flirteaba con Fausto, mientras pensaba en Mefistófeles". Hay tantas maneras de reinterpretar la literatura... de experimentar el deseo...

viernes, 15 de enero de 2016

KARAMAZOV

  
            "Fiodor Pavlovitch era uno de esos hombres corrompidos que, al mismo tiempo, son unos ineptos —tipo extraño, pero bastante frecuente—y que lo único que saben es defender sus intereses. Este pequeño propietario empezó con casi nada y pronto adquirió fama de gorrón. Pero a su muerte poseía unos cien mil rublos de plata. Esto no le había impedido ser durante su vida uno de los hombres más extravagantes de nuestro distrito. Digo extravagante y no imbécil, porque esta clase de individuos suelen ser inteligentes y astutos. La suya es una ineptitud específica, nacional".
 
(F. Dostoievsky. Los hermanos Karamazov)
 

jueves, 10 de diciembre de 2015

ULISES

     Te espero como Penélope esperó a Ulises,
tejiendo y destejiendo esperanzas.
     Frecuento los lugares donde hablamos,
pero raramente coincidimos.

     Tus ausencias tanto tiempo nos distancian,
que dudo si no es Ítaca una mera excusa.
Con todo, y a pesar de las distancias,
¿me observas, acaso, como yo te observo?

     Con discreción aún, con la mirada,
sin entrar en el prosaico juego de la palabra.
Así te admiro en tu presencia y mi recuerdo.
Es la etapa más gozosa y a la vez más incierta.
¡Pero bendita incertidumbre!

     Siento el recelo de la mujer enamorada
que mira con suspicacia a las sirenas
y me pregunto si mis encantos
son más fuertes que sus halagos.
Si tu determinación es más fuerte que tus caprichos.

sábado, 7 de noviembre de 2015

NOCTÁMBULOS I

     Cuando no puedo dormir, acostumbro a dar largos paseos nocturnos. Una ciudad pequeña como C. R. no presenta ningún peligro o, al menos, eso pensaba yo. Las mejores horas transcurren entre las doce y las tres de la madrugada, cuando la ciudad ha quedado en calma, pero aún se advierte algún paseante...

     Paseo mientras escucho música. Sting o R.E.M. son los cómplices de mis pensamientos, y me dejo llevar por su caudal. A veces no es una preocupación lo que ocupa mi mente... la mayoría de las veces son simples fantasías que enebro una tras otra para paliar el tedio y propiciar al Destino...

     Enfrascada en mis fantasías, me he tropezado con otros noctámbulos que inocentemente creía mis afines, pero no. Una mirada, un gesto, apenas un murmullo puede atraer su atención. Ellos cuantos buscan un rato de placer...

     Cuando una noche, regresando a casa de una reunión, intuí que por la ciudad, a ciertas horas, paseaban a propósito aquellos sonámbulos buscándose con los ojos, la mano y la boca, tuve la tentación de jugar con ellos... hasta dejarles insatisfechos. Sonreí para mis adentros y me contuve. Cuando llegué al portal de mi casa, miré detrás mío y agucé el oído... La calle vacía, no se oían ruidos...

     A veces sin proponérmelo, uno de esos paseantes me sigue de lejos. Una leve caricia, al cruzarnos de frente, le ha hecho interpretar que buscamos lo mismo y mantiene las distancias observando lo que hago y la dirección que sigo. Con discreción, callejea conmigo esperando una señal que no llega. Estoy demasiado enfrascada en mis meditaciones como para dar rienda suelta a sus obsesiones. No está seguro de que su gesto haya sido bien interpretado. Simplemente espera...

     Y fue una de esas noches insomnes, de pasos perdidos, en la que me eché a la calle. Sin buscarlo, me sorprendí seguida por uno de ellos. Y sin sobresaltarme, decidí que aquella noche entraría en la partida para ganarla. Puesto que estaba en el centro, me desplacé por pequeñas callejuelas hacia la circunvalación para comprobar si el cazador seguía a su presa (¿pero quién era el cazador y quién la presa?). Imprudentemente guardaba cada vez menos distancias y justo cuando salíamos a la puerta de Toledo, quebré mis pasos en dirección opuesta hacia una arteria principal de la ciudad donde aún había cierto bullicio de bares y borrachos. Comencé a caminar cada vez más rápido para ganar terreno. Le desorienté al entrar en un parque público donde los niños aún jugaban en aquella noche de estío. ¿Sabía él que yo comprendía su juego y a la vez estaba jugando con él? Harta de aquel ridículo paseo, me di la vuelta y mirándole cara a cara desde la acera contraria, cogí mi móvil para hacerle una foto... Y en ese momento entendió que era él el cazador cazado.

     Desafortunadamente perdí mi presa, salió corriendo en cuanto comprendió mis intenciones. Así que no pude atraparlo. Fue una victoria sin trofeo...