martes, 9 de febrero de 2016

UN CAPRICHO

     -Ese muchacho no es para ti. Sí, cierto que es inteligente, interesante, pero cualquier muñequita con falsa modestia haría lo que quisiera de él. No sabría apreciarte, eres guapa, pero él busca una belleza diferente. Alguien a quien poder exhibir y que no tenga pudor en saberse exhibida. Yo sé que te gusta conversar con él, que tenéis afinidades. Las demás, en cambio, no ven más allá de su dinero y su posición, pero están dispuestas a fingir complacencia a cambio de regalos, caros, por supuesto, y una vida cómoda. Una chica culta, sofisticada, inteligente como tú, no debe caer en el error de dejarse llevar por un capricho pasajero- le advirtió el redactor jefe.

     -¿Por qué entonces un señor tan sabio se deja llevar por el capricho de una no tan hermosa, pero sofisticada, culta e inteligente joven, a sabiendas que tiene los ojos puestos en otro hombre?- Sin darle opción a responder, le miró fijamente a los ojos -Si verdaderamente yo confesase que me conformo con suspirar por este muchacho, porque realmente no deseo estorbar la vida aparentemente apacible de otro hombre, casado y con hijos, al que mi confesión podría hacer infeliz o serle totalmente indiferente, pero que en ambos casos no me colmaría, ¿qué me aconsejarías?

    -Que ese hombre es afortunado, a pesar de todo, ese joven será infeliz inevitablemente y tú deberías pensar más en ti.

viernes, 15 de enero de 2016

KARAMAZOV

  
            "Fiodor Pavlovitch era uno de esos hombres corrompidos que, al mismo tiempo, son unos ineptos —tipo extraño, pero bastante frecuente—y que lo único que saben es defender sus intereses. Este pequeño propietario empezó con casi nada y pronto adquirió fama de gorrón. Pero a su muerte poseía unos cien mil rublos de plata. Esto no le había impedido ser durante su vida uno de los hombres más extravagantes de nuestro distrito. Digo extravagante y no imbécil, porque esta clase de individuos suelen ser inteligentes y astutos. La suya es una ineptitud específica, nacional".
 
(F. Dostoievsky. Los hermanos Karamazov)
 

jueves, 10 de diciembre de 2015

ULISES

     Te espero como Penélope esperó a Ulises,
tejiendo y destejiendo esperanzas.
     Frecuento los lugares donde hablamos,
pero raramente coincidimos.

     Tus ausencias tanto tiempo nos distancian,
que dudo si no es Ítaca una mera excusa.
Con todo, y a pesar de las distancias,
¿me observas, acaso, como yo te observo?

     Con discreción aún, con la mirada,
sin entrar en el prosaico juego de la palabra.
Así te admiro en tu presencia y mi recuerdo.
Es la etapa más gozosa y a la vez más incierta.
¡Pero bendita incertidumbre!

     Siento el recelo de la mujer enamorada
que mira con suspicacia a las sirenas
y me pregunto si mis encantos
son más fuertes que sus halagos.
Si tu determinación es más fuerte que tus caprichos.

sábado, 7 de noviembre de 2015

NOCTÁMBULOS I

     Cuando no puedo dormir, acostumbro a dar largos paseos nocturnos. Una ciudad pequeña como C. R. no presenta ningún peligro o, al menos, eso pensaba yo. Las mejores horas transcurren entre las doce y las tres de la madrugada, cuando la ciudad ha quedado en calma, pero aún se advierte algún paseante...

     Paseo mientras escucho música. Sting o R.E.M. son los cómplices de mis pensamientos, y me dejo llevar por su caudal. A veces no es una preocupación lo que ocupa mi mente... la mayoría de las veces son simples fantasías que enebro una tras otra para paliar el tedio y propiciar al Destino...

     Enfrascada en mis fantasías, me he tropezado con otros noctámbulos que inocentemente creía mis afines, pero no. Una mirada, un gesto, apenas un murmullo puede atraer su atención. Ellos cuantos buscan un rato de placer...

     Cuando una noche, regresando a casa de una reunión, intuí que por la ciudad, a ciertas horas, paseaban a propósito aquellos sonámbulos buscándose con los ojos, la mano y la boca, tuve la tentación de jugar con ellos... hasta dejarles insatisfechos. Sonreí para mis adentros y me contuve. Cuando llegué al portal de mi casa, miré detrás mío y agucé el oído... La calle vacía, no se oían ruidos...

     A veces sin proponérmelo, uno de esos paseantes me sigue de lejos. Una leve caricia, al cruzarnos de frente, le ha hecho interpretar que buscamos lo mismo y mantiene las distancias observando lo que hago y la dirección que sigo. Con discreción, callejea conmigo esperando una señal que no llega. Estoy demasiado enfrascada en mis meditaciones como para dar rienda suelta a sus obsesiones. No está seguro de que su gesto haya sido bien interpretado. Simplemente espera...

     Y fue una de esas noches insomnes, de pasos perdidos, en la que me eché a la calle. Sin buscarlo, me sorprendí seguida por uno de ellos. Y sin sobresaltarme, decidí que aquella noche entraría en la partida para ganarla. Puesto que estaba en el centro, me desplacé por pequeñas callejuelas hacia la circunvalación para comprobar si el cazador seguía a su presa (¿pero quién era el cazador y quién la presa?). Imprudentemente guardaba cada vez menos distancias y justo cuando salíamos a la puerta de Toledo, quebré mis pasos en dirección opuesta hacia una arteria principal de la ciudad donde aún había cierto bullicio de bares y borrachos. Comencé a caminar cada vez más rápido para ganar terreno. Le desorienté al entrar en un parque público donde los niños aún jugaban en aquella noche de estío. ¿Sabía él que yo comprendía su juego y a la vez estaba jugando con él? Harta de aquel ridículo paseo, me di la vuelta y mirándole cara a cara desde la acera contraria, cogí mi móvil para hacerle una foto... Y en ese momento entendió que era él el cazador cazado.

     Desafortunadamente perdí mi presa, salió corriendo en cuanto comprendió mis intenciones. Así que no pude atraparlo. Fue una victoria sin trofeo...



sábado, 10 de octubre de 2015

¿QUIÉN INSPIRA A QUIÉN?

     Manara homenajea a Velázquez en este dibujo.

     El espejo refleja al pintor, mientras éste contempla a su "Venus", quien, inspirada, dibuja sobre un lienzo la cabeza de Apolo, parte del cuadro que luego se convertirá en la Fragua de Vulcano

     En un juego de perspectivas, ¿qué está pintando Velázquez?, ¿a la muchacha, a sí mismo...?
     ¿Quién es el genio?, ¿el pintor o su musa?
     ¿Quién inspira a quién?


lunes, 5 de octubre de 2015

EL DÍA QUE ME QUIERAS



            Aquel índice levantado denotaba autoridad y daba un empaque de gravedad a sus palabras, que no distaban en absoluto de su seria y sobria apariencia. Sus manos eran suaves y firmes, y se expresaban con tanta locuacidad y vigor como su voz. Los dedos largos, como los de un pianista, se movían con meticulosa y elegante suspicacia, aunque gustosamente hubieran sustituido “su piano” por una batuta: ningún placer le era más grato como el de dirigir la tertulia con breves y punzantes comentarios, nada pasaba desapercibido a su juicio.


            Su presencia era tan apreciada como incómoda, y despertaba respeto y recelo a la vez. Quienes le conocían -y nadie le conocía demasiado bien pues se guardaba con hábil discreción de preguntas incómodas- no sabrían decir si era un dandi o un bohemio, pero todos convenían en que tenía un particular estilo en el fondo y en las formas que no pasaba desapercibido allá donde iba, especialmente al rayar sus opiniones entre la corrección y la controversia.


            Sus observaciones eran incisivas, meditadas y no exentas de cierto cinismo que traslucía una amargura mal disimulada. Y, como todos los  escépticos, siempre tenía un “pero” que alegar. Sin embargo, sus contertulios esperaban sus opiniones con espectante interés. Sus argumentos solían ser tan sólidos y peregrinos que no hacían sino sembrar el debate. Complaciáse entonces Ramón al alborotar a la concurrencia. ¿Qué mérito tedría repetir una prosaica evidencia cuando se podía reinventar la perspectiva?


            A pesar de no ser un asiduo bebedor, frecuentaba un pequeño pub inglés de lunes a viernes después del trabajo, donde se encontraba con los clásicos parroquianos a los que les unía el único interés de pasar la velada conversando en compañía. Se habían creado algunos lazos de amistad y afecto entre los reunidos. Sin embargo, Ramón prefería mantenerse al margen. Después de cinco años en la ciudad no había trabado la más mínima amistad, pero se había granjeado la admiración de algunos, la enemistad de la mayoría, y el respeto de casi todos. Prefería mantenerse espectante y rapaz como un águila, pero no confiaba en nadie.


            Londres era el perfecto mosaico de razas y nacionalidades donde poder perderse y pasar desapercibido. Y había sido el objetivo de Ramón dede los quince años. A sus cuarenta y tres, y después de haber vivido en destinos temporales no siempre gratos, por fin se encontraba en medio de aquella baraunda de lenguas, creencias y colores. El mundo entero había sido convocado en la capital inglesa. Ramón sobrevivía ajeno a esa cabalgata, como una isla, seguía sintiéndose un mero espectador y un apátrida, precisamente allí, en su anhelada Inglaterra, más que en cualquier sitio. Sin embargo, el clima cosmopolita y las extravagancias de la City le ayudaban a distraer las pequeñas miserias de todos los días. No añoraba su patria, pero tampoco terminaba de encontrar su lugar y eso le provocaba un especial desasosiego cuando tenía que responder a su nacionalidad. Era un rasgo de identidad que aún le suponía un conflicto.


            Cierta noche de viernes, en aquel mismo pub que frecuentaba, a punto de cerrar, se escuchó la melodía de un bandoneón al que se le resbaló un famosísimo tango. Una pareja joven de aficionados, deshinibida y alegre, se esforzó por ofrecer una pequeña demostración de aquel baile de tomo y obligo por pura diversión. Por la destreza de la chica se advertía el viejo estilo del tango porteño que sólo un genuino argentino conoce, sin embargo su pareja se empeñaba en florituras que desvirtuaban la esencia del baile. Ramón los observaba desde la barra, divertido, con media sonrisa en el rostro. Hacía mucho tiempo que no escuchaba un tango, detestaba aquella música llorona que le recordaba demasiado a su país y no entendía qué gracia veían los europeos en ella, nacida en los arrabales bonaerenses entre farras, putas y fiolos. La noche lluviosa, pero de calor sofocante acompañaba al tango y Ramón, concentrado en las piernas de la mina, repetía en su mente, casi por inercia, la letra tantas veces escuchada.


        “…aunque te quiebre la vida,
        aunque te muerda un dolor,
        no esperes nunca una ayuda,
        ni una mano, ni un favor.”


            Siempre le gustó recrearse en el tango, aunque la música no fuera de su agrado. Ese baile sensual de movimientos firmes y arrastrados, era más que una conquista, era la escenificación de un drama apasionado y arrebatador, herencia de los lupanares de los que bebía.


            Observó detenidamente el descarado contoneo del talle de la muchacha, mientras bajaba por aquellas piernas torneadas y gráciles que se multiplicaban con cada movimiento y sonrió con sus divertidos traspiés. Aquella cara radiante de alegría embriagada, que no acompañaba a la letra de la canción. Era una rusa rubicobriza y de nariz respingona, con muchas pequitas. Risueña y sensual, dejaba su risa en cada tropiezo, pero siempre salvaba el paso con algún giro improvisado o una rápida bolea. Bien podría pasar por inglesa, incluso es posible que entre sus antepasados se contase con un súbdito de su Graciosa Majestad, pero aquel garboso y particular estilo de marcar el baile era típicamente argentino.


            Cuando terminó la “actuación”, Ramón aplaudió divertido y satisfecho, con media sonrisa cómplice y se dispuso a marcharse con los últimos clientes. No tenía intención de saludar a su compatriota porque prefería no mezclarse con los latinos de la ciudad, especialmente del Cono Sur. No así la chica que salió a su encuentro antes de que Ramón cruzase el umbral del local.


            -“¿Eduardo?”.
            -“¿Perdón…?
            -“Eh… ¿Eduardo?
            -“Lo siento, se ha equivocado”.
            -“¿Ramón?... Ramón, ¿verdad? Perdone mi mala memoria, no recuerdo bien su nombre, sólo sé que era un niño solitario, de gesto huraño y evasivo… Lo recuerdo muy bien. ¡Cómo olvidar su cara y su porte! Casi todas estábamos interesadas en vos, resultaba tan inaccesible y rudo… y nosotras éramos tan tontas que procurábamos evitarlo y disimular… Ya sabe, la edad…”.


            Ramón tosió levemente, perplejo por ese comentario a bocajarro que lo interpretó como consecuencia de la embriaguez de la muchacha. Él no se tenía por un hombre guapo, nisiquiera común. No renegaba de su imagen en el espejo, estaba acostumbrado a ella, pero sabía que la belleza le hubiera facilitado su relación con los demás. Sus ojos grandes y melancólicos o su boca grande de dientes imposibles y la carencia de una notable mandíbula, tan masculina, no le habían hecho ningún favor. La rusa insistió:


             -“No eras el chico más guapo ni el más popular, pero resultabas tan interesante… Corrían todo tipo chismes sobre vos que nos lo hacían imaginar como un personaje romántico y maldito de novela gótica”.


            Ramón se sintió abrumado. Sonrió levemente incómodo y, un poco aturdido por aquella extraña situación, comentó:


           -“Perdone señorita, pero yo no la recuerdo de nada…”
           -“En el colegio. Ana Elisabetta. Me sentaba justo al lado suyo… Es normal que no me reconozca, ha pasado tanto tiempo… ¡Es una suerte haber coincidido precisamente acá, en Inglaterra! ¿Qué le trajo por estas latitudes?”.
          -“Trabajo”- contestó Ramón lacónico y bajito, tratando de hacer memoria.
          -“Todos imaginábamos que no se quedaría en la Argentina, era un horizonte demasiado pequeño para sus expectativas… Yo también “huí” después de la crisis del “corralito”, pero no me acostumbro a este clima ni a esta lengua tan distintos de allá después de tantos años…- Ana Elisabetta pronunció estas últimas con nostálgica y una mueca de decepción.

          -“Tal vez no sea su lugar y… siempre queda volver” - apuntó con prudencia Ramón.
          -“Con la frente marchita, jajaaja. Si me traslado de Inglaterra no será para abandonar Europa. América es un paraíso debastado… Eh, bien no le entretengo más, este es el número de nuestro club, llámenos cuando quiera”.


          Ramón aceptó la tarjeta y echó a andar calle arriba, un tanto desconcertado. Arrugó el papel en su mano, no tenía intención alguna de llamar a aquella asociación e hizo el ademán de tirarlo; sin embargo, se contuvo y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta sólo por deferencia hacia la muchacha. No se puso en contacto con sus compatriotas, pero desde aquella noche esperó pacientemente a que sonase el tango con el que cerraban el pub.


            Se sentía como un animal al acecho, buscando a aquella rusa durante semanas. No sabía cómo dirigirse a ella, siempre fue terriblemente tímido con las mujeres, pero quería volver a verla. Había algo amable y seductor en su sonrisa ¡Nunca Argentina le resultó tan amable como durante su pequeña conversación con Ana Elisabetta! Y jamás el tango le pareció tan cercano como aquellas noches de espera en que aprendió a apreciar su congoja, mientras imaginaba a Ana Elisabetta bailando sola entre las mesas.


            Era consciente de que aquella situación acabó convirtiéndose en algo pueril. ¡Ni a sus quince años había esperado con tanta paciencia y fe a una mina! Después de varios meses tarareando a Gardel, se dio cuenta preocupado que terminó conociendo mejor sus repertorios que el de su estimado Sting y decidió que no podía continuar así. Optó por un camino más rápido. En la tarjeta que le dio Ana Elisabetta había una dirección. No le resultó difícil encontrar el local, la música del bandoneón abrumaba la atmósfera neblinosa y apagada de la calle, dándole un toque aún más romántico y melancólico a la tarde. Cuando estuvo ante la puerta, no se atrevió a llamar. Entrar suponía darse a conocer a una comunidad que evitaba y total por una persona a la que ni siquiera recordaba. ¡Qué absurdo! ¿Qué hacía allí? Rápidamente volvió sobre sus pasos decidido a terminar aquella ridícula e infructuosa búsqueda, cuando súbitamente vio parar un coche a pocos metros, del que bajó su rusa con un acompañante. ¿Tal vez novio? ¿Tal vez marido? ¿Tal vez…?


            Se quedó embobado mirando a la pareja con un punzante celo que le dolía en lo más hondo. Ahora que volvió a ver a Ana Elisabetta, tenía que averiguar quién era ese fulano que se andaba con ella. Con violenta resolución, y dejando aparte sus reservas, se dirigió hacia el local. Abrió la puerta de par en par, sin advertir las miradas arrastradas y ebrias que le daban la cordial bienvenida. No se dejó llevar por el ambiente festivo y un tanto decadente que le rodeaba. La buscaba desesperadamente por los rincones del salón. Sabía que la encontaría allí.


            De repente se apagó la luz y, en un improvisado escenario, apareció una pareja semidesnuda, bailando el tango. Apenas tapaban a Ana Elisabetta unas suaves medias con sus tacones. Ramón quedó atónito ante la escena. Se sentía como un niño, desconcertado y embelesado, con un irresistible deseo de arrebatarla. Mientras la pareja bailaba, rigurosamente seria, Ramón cayó de rodillas ante su rusa, como un devoto ante un sagrario. 


            Sonaba El día que me quieras.


jueves, 24 de septiembre de 2015

A DOS BANDAS

     Su misión consistía en eliminarla, sabía demasiado, para lo cual hubo de infiltrarse en su círculo de amigos y tratar de seducirla.

     Tenía varios hijos y una mujer que alimentar, la forma más rápida de conseguir dinero era enamorarlas, dejándolas sin un céntimo. 

    No estaba casado con Violeta, pero la apreciaba. Aunque ninguno estaba seguro del otro, los hijos les hacían confiarse en que no se engañaban mutuamente. 

     La sorpresa llegó cuando la dulce y sabia Beatriz apareció en su vida. Quedó completamente enamorado de su mejor víctima. La inocencia de Beatriz era inefable, firme y leal cuando convenía, afectuosa o pasional cuando la situación lo favorecía. ¿Cómo embaucarla sin sentirse embaucado? La coyuntura se puso difícil, una era la madre de sus hijos con la que compartía vida y fraudes, eran un equipo; la otra, la mujer más encantadora que había conocido con la quien no le importaría compartir el resto de sus días. 

     ¿Qué hacer si Violeta no dejaba de molestarle con requiebros de amor que no comprendía? Se había planteado la bigamia. ¿Por qué no? Violeta la interpretaría como "trabajo por hacer" y Beatriz no tenía especiales posibilidades de conocer la verdad. Ensimismado en estos pensamientos fue cuando Violeta, roja de celo por no ser escuchada, le pegó el manotazo con lágrimas en los ojos. Emilio al fin la vio delante suyo y entendió que aquello era el final de una etapa. No podía seguir disimulando. La elección estaba hecha.